La ambigüedad de los derechos

Derechos y las obligaciones son la base del comportamiento en sociedad. Actualmente la cultura de los derechos ha caído en lo que me gusta llamar el “afán del derecho a todo”, pero ¿En que debemos enfocarnos?

(*) Por Guillermo Barber Soler

Los derechos y las obligaciones son la base del comportamiento en sociedad. Su explicitación a lo largo de la historia de las civilizaciones es lo que ha consolidado la paz institucional -aunque relativa, pobre, débil- de la que gozamos, porque han dado al individuo y al grupo social la clara conciencia de qué corresponde y qué no corresponde hacer o exigir. Con reglas claras, no hay sorpresas ni excesos.

Sin embargo, actualmente la cultura de los derechos ha caído en lo que me gusta llamar el “afán del derecho a todo”. Claramente, desde el esencial derecho a la vida, o el hoy debilitado derecho a la propiedad (a disponer de los frutos del propio trabajo), podemos trazar un largo y eterno camino de sutilezas hasta el “derecho a que me den una casa con pileta”, o el “derecho a trabajar 4 horas al día y ganar lo suficiente para tener techo, comida, salidas los fines de semana y un viaje por el mundo una vez cada cuatro años”. Quizá intuitivamente, captamos la necesidad de los primeros dos, y la contingencia de los otros. ¿Pero qué es lo que ocurre acá?

Debemos concentrarnos en el término derecho. El afán del derecho a todo, fogoneado en gran parte por la izquierda estatista, se mueve indiscriminadamente, a nuestro juicio, entre dos significados muy diferentes del término “derecho”. En primer lugar, podríamos decir que tengo “derecho” de lo que nadie me puede negar. Es decir, un “derecho” mío es una obligación de no prohibición respecto de los demás. Tengo derecho a la vida; ergo, los demás no pueden negármela. Tengo derecho a viajar; ergo, los demás no pueden negármelo. Sin embargo, sutilmente se pasa a un segundo significado: “derecho” es lo que otro (en general, ese Otro misterioso y todopoderoso que es el Estado) me debe garantizar. El cambio, para algunos, puede resultar imperceptible; pero es radical. Tengo derecho a la vida; ergo, los demás deben garantizármela. Tengo derecho a viajar; ergo, los demás deben garantizármelo.

¿Cuál es entonces la trampa? Que si consideramos el derecho como algo que nadie me puede negar, potencialmente casi todo es un derecho. Tengo derecho de comprar un CD de Queen, tengo derecho de comer asado todos los días, tengo derecho a volar, etc. Y está bien. Pero si consideramos el derecho como algo que me deben garantizar, la cantidad debería reducirse. ¿Los demás están obligados a pagar mis asados todos los días, a darme gratuitamente (basándose en mi esencial derecho) una casa con pileta?

El problema es quizá que en nuestra cultura esta sutileza no se nota, y hoy se exigen derechos que, desde el primer punto de vista, sería inútil exigir (porque ya es nuestro derecho), pero que desde el segundo carecerían totalmente del sentido de la justicia. Es quizá otra prueba de que la discusión política en la Argentina tiene que subir de nivel y analizar las mismas bases discursivas sobre las que se está apoyando. Porque, aunque muchos no lo crean, las palabras y las ideas juegan un rol central en la política, y tienen un efecto directo en la vida de nuestra sociedad.

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